Pilar y Paquita están sentadas en unos de los bancos de la plaza Lavapiés, han elegido uno en los que da la sombra. Las dos llevan toda la vida, más de 70 años, en este barrio del centro de Madrid, pero después de tanto tiempo, quieren abandonarlo. Paquita se va a una residencia y su amiga Pilar, que tiene su piso en propiedad, se marcharía “si supiera que no iba a tener problemas con el dinero”. Y añade: “Solo quiero vivir los años que me quedan tranquila”.

Desde hace unos años, Lavapiés se está convirtiendo en un lugar invivible. Desde narcopisos, gritos y peleas por las noches, hasta robos y consumo de drogas por las esquinas. Es una situación que ha permanecido latente, saltando de una zona a otra durante años, pero que ha ido a más tras la pandemia; y que con el desalojo del antiguo edificio de la Quimera, en la calle Amparo 24, ha alcanzado unos niveles insoportables.

Cuando era un centro social ocupado, en el edificio se organizaban clases, talleres y consultorios legales, entre otras actividades. Cuando se desalojó a las personas que participaban en la organización, entraron en su lugar narcotraficantes, drogadictos y personas en situación de calle.

Fátima hace distinción entre las dos etapas: “Una cosa fue la Quimera, y otra muy diferente Amparo 24”. Ella lleva en Lavapiés más de 12 años y asegura que nunca había visto al barrio tan mal. Vive en la calle Amparo, frente de la plaza Nelson Mandela, y desde que desalojaron el edificio, quienes vivían en él, ahora se han trasladado a la plaza. “Ahí duermen, consumen, se pelean, hacen sus necesidades y no respetan nada”.

Un problema más profundo

El principal problema para muchos de los vecinos es el tráfico de droga y los narcopisos. Pero otros vecinos creen que el problema es más profundo, que la degradación del barrio se remonta a 2017 y que no se limita solo al tráfico y al consumo.

Es el caso de Elia. Lleva más de 26 años en Lavapiés y asegura que nunca había visto el barrio en este estado. “Lo de las drogas es lo más visible, pero es un proceso de degradación que va mucho más allá”. Y comienza a enumerar: “El único colegio público lleva 5 años cerrado por unas obras que no comienzan, hay bolardos que no se reponen, la policía permite la venta de alcohol mucho más allá de las 10 de la noche, lo que fomenta la bronca y la fiesta en las plazas, y muchas cosas más”.

“No es casual que la droga llegue a un barrio”, señala Elia. “No es casualidad que las drogas llegaran a Chueca antes de su gentrificación y no es casual que llegaran a Tribunal antes de convertirse en el barrio de moda. No sé quién es, pero tiene que haber alguien a quien le interese esta situación”, sentencia. La gentrificación es un proceso que se da en las ciudades por la que un barrio, normalmente pobre, comienza a ponerse de moda, a recibir vecinos con mayor poder adquisitivo. Su llegada aumenta el valor de las casas y eso expulsa a muchos de los antiguos vecinos, que por su situación no pueden pagar la renta.

Banderas amarillas contra el miedo

Ahora los vecinos han empezado a organizarse. Cada miércoles se reúnen en una plaza para decidir qué pueden hacer contra este problema. En la primera reunión, acudieron cerca de 50 personas y acordaron que usarían banderas amarillas, sin logo y sin texto, como símbolo.

Elia ha sido uno de los promotores: “Que no tengan texto habla de la situación que estamos viviendo. No queremos significarnos claramente contra las drogas porque hay muchos vecinos que se sienten amenazados. Hay vecinos a los que les han tirado ladrillos por reprocharles los ruidos a las 4 de la mañana, y algunos de ellos no están aquí por miedo”.

El mismo miedo que sienten Pilar y Paquita. O el miedo que siente el hijo Fátima. O el miedo por el que algunas personas prefieren hablar pero no dar su nombre. Ese es otro de los motivos que han movido a los vecinos de Lavapiés a reunirse. “Nos juntamos, contamos nuestra historia. Es una forma de sentirse acompañado y tener menos miedo”.

Cuando se le pregunta a Teresa, que lleva más de dos décadas en el barrio, se puede sentir el enfado bajo su respuesta: “El problema es que se ha roto el tejido vecinal subiendo los precios, metiendo más plazas hoteleras y de airbnb de lo que tolera un barrio tan pequeño, y eso ha expulsado a muchos vecinos. Ahora, cuando hemos tenido un problema y nos hemos querido mover, estábamos solos”.

Teresa tiene muy claro qué es lo necesitan; “Queremos que terminen con los narcopisos, queremos que haya colegios, que haya parques para los niños, que haya espacios para las personas mayores. En definitiva, queremos tener barrio”.

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