Más de 3.000 asesinatos en los primeros diez meses del año convierten a Ecuador en uno de los países más violentos del mundo. El imparable crecimiento de las mafias del narcotráfico en torno a las terminales marítimas de la ciudad de Guayaquil ha transformado a la región en un territorio dominado por los sindicatos criminales, que operan con firmeza en las calles, en los puertos e incluso en las cárceles, ejerciendo prácticas que no distan demasiado de las que se desarrollaban en el Cali y Medellín de los históricos carteles de la cocaína. Y detrás de todo, el dinero que genera la misma sustancia procedente de las selvas colombianas.

Con más de 150 toneladas de polvo blanco incautadas en lo que llevamos de 2022 en el puerto de Guayaquil, no hay duda de que se trata de la principal lanzadera de esa droga hacia el resto del mundo. Con Europa como mercado preferente (el número 1 a nivel mundial), las mafias del narcotráfico dominan la infraestructura portuaria al tiempo que, en la ciudad, se extienden las redes de microtráfico dedicadas al acopio de una sustancia que llega a Ecuador por la permeable frontera colombiana, muchas veces a través de la Amazonia, para su partida hacia los océanos. 

Precisamente son esos grupos de menor tamaño los que generan la gran alarma social que existe en la ciudad. Atentados con bomba que recuerdan a los 80 colombianos, asesinatos sicariales día sí, día también, muchas veces a cargo de personas muy jóvenes fuertemente armadas, zonas casi infranqueables en las que el crimen domina a la ley y hasta cuerpos colgados de puentes de las autopistas al más puro estilo de México se ven en Guayaquil con frecuencia. Las autoridades, mientras, mantienen políticas como el Estado de Excepción que mantiene restringidos buena parte de los derechos fundamentales, sin resultado alguno. 

Pero no solo son guerras entre bandas por el control del ilícito negocio lo que preocupa en Guayaquil. Los ciudadanos de a pie, vecinos y, especialmente, comerciantes, sufren la extorsión a partir de lo que llaman ‘vacunas’, una suerte de contratos unilaterales que suscriben los grupos criminales para aportar ‘protección’ a quienes las pagan. El formato es tan antiguo como el propio crimen organizado, propio de la mafia italiana de Nueva York y de la misma mafia italiana en la vieja Europa. 

Ascendiendo en el escalafón criminal, es fácil saber que la ‘Ndrangheta, la principal red criminal internacional dedicada al tráfico de cocaína, está fuertemente arraigada en Guayaquil, lo mismo que la Mafia Albanesa y el Cártel de Los Balcanes. Estas organizaciones dominan la exportación de toneladas de droga en todas las direcciones, con especial interés en Europa, el principal mercado, pero también abriendo horizontes hacia escenarios muy lucrativos, tales como Australia. Los miembros de los sindicatos europeos pocas veces se ensucian las manos: contratan a ‘trabajadores’ locales para almacenar la sustancia, para introducirla en los contenedores y para ajustar las cuentas a sus rivales. Los capos operan en segundo plano, viajan a Colombia o a Brasil, los otros puntos clave para la salida de la cocaína a nivel global, o a Panamá, uno de los enclaves de tránsito más habituales.

Otro elemento que deja clara la inseguridad existente en Ecuador son las masacres en las cárceles, en las que se aprehenden toda clase de armas, no solo blancas, sino también de fuego. Más de 300 presos fallecieron en el último año entre rejas. Las prisiones, además, se convierten en una gran universidad criminal, y los que salen lo hacen en alianza con otros delincuentes para seguir luchando por el territorio y por los beneficios que, según ellos, les aporta el tráfico de cocaína.

Pero el gran elemento diferencial entre lo que sucede hoy en Guayaquil y lo que pasaba en los 80 y en los 90 en Cali y en Medellín reside en la cabeza narcocriminal. Entonces estaba muy clara la jerarquía de Pablo Escobar, Gilberto Rodríguez Orejuela y el resto de grandes capos. Ahora no hay uno, ni dos, ni siquiera diez grupos. Las bandas de distinto tamaño se multiplican, cada vez son más los jóvenes que se introducen en un negocio que ven como salida a situaciones económicas más que precarias, y no existe una referencia a la que atacar. El negocio de la cocaína en Guayaquil se ha convertido en un monstruo de incontables cabezas que acarrea muerte y destrucción, a corto plazo en su propio territorio, y a medio plazo en los países de destino. No hay más que ver lo que ocurre en Bélgica y Holanda y, cada vez con más frecuencia, en algunos puntos de España como la Costa del Sol.

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