Un buen jefe manda sobre todos los demás, pero trabaja más que el primero. Exige, pero sabe recompensar el esfuerzo. Da la cara. Organiza y resuelve. Respeta y es respetado. Y resuelve los problemas cuando la cosa se pone fea. Todos estos axiomas adquieren un peso mayúsculo cuando se refieren al líder de aquellos que deciden adentrarse en la investigación del narcotráfico, que acaba por convertirse en una forma de vida, dada la gran complejidad de una labor que requiere dedicación las 24 horas del día. El pasado 28 de septiembre, A Coruña acogió los actos centrales del Día de la Policía Nacional. Fue la última aparición pública de Eloy Quirós Álvarez (1955), para muchos, no solo en España, sino también en Colombia o Estados Unidos, el mejor policía antidroga de todos los tiempos. Quirós recibió una de esas condecoraciones que dan lustre a una carrera que, sin embargo, solo puede ser contada a través de los ojos de quienes fueron sus compañeros, pero también de aquellos a los que persiguió, que le temieron y le respetaron a partes iguales.

“Es el más listo de la clase. Un policía inteligente que ha procurado no dejar víctimas a su paso”. Así le define Antonio Duarte, actual jefe de la Udyco Central y sucesor natural de Quirós. Natural de Villaseca de Laciana, en la montaña leonesa, localidad ubicada al Norte de Ponferrada y Astorga y al Noroeste de España, concluyó sus estudios en la cercana localidad de Villablino y muy pronto buscó nuevos horizontes viajando a Madrid. Con una maleta de cartón bajo el brazo y lo justo para salir adelante, este hijo de mineros llegó a la capital. Siempre que puede regresa a su pueblo, que desde julio de 2021 luce su nombre en una de sus calles.

Alojado en una pensión, compaginó sus estudios para el ingreso en el Cuerpo Superior de Policía con un trabajo de camarero en el bar de La Pelos, en las inmediaciones de la extinta Dirección General de Seguridad que se ubicaba en Sol. Estaba trabajando allí cuando, en 1973, la banda terrorista ETA hizo estallar una bomba en la cercana cafetería Rolando, causando 13 muertos en un atentado que la organización se negó a reconocer. Su carrera no había comenzado, pero el policía que llevaba dentro estaba ya muy presente. Eloy Quirós ingresó en la Escuela General en septiembre de 1977. En 1978 ya era inspector de segunda. Tenía 23 años. Había comenzado una carrera que le llevaría, paso a paso, a la jefatura de la Unidad de Drogas y Crimen Organizado, primero, y de la Comisaría General de Policía Judicial, a continuación.

Sus primeros años de servicio le sirvieron para conocer el trabajo de un policía de calle. Fue destinado a Vallecas en la etapa en la que las drogas eran el principal motivo de preocupación de los ciudadanos a nivel nacional. La cocaína apenas se conocía, pero la heroína ya hacía estragos. Quirós tomó conciencia en esa etapa de la necesidad de hacer frente a una lacra que no pararía de crecer desde entonces y que sigue en un evidente incremento hoy en día, en octubre de 2022. Conoció los bajos fondos madrileños antes de recalar en los servicios centrales de la Policía, primero en la Sección de Heroína, después en Relaciones Internacionales, que siempre se le dieron bien, y posteriormente en Cocaína. Pronto entendió que el negocio de las drogas se producía al mismo tiempo en territorios muy dispares, y fue pionero en la cooperación con autoridades de otros países, primero los más cercanos, como Portugal, Francia o Alemania, y después al otro lado del Atlántico, esencialmente Colombia y Estados Unidos. La DEA sigue confiando ciegamente en él hoy, ya jubilado. “Es el referente en todas las agencias extranjeras para tratar temas de narcotráfico”, señala Duarte.

Quirós dominaba todos los escenarios. Era capaz de llegar a acuerdos imposibles tras largas jornadas en la mesa con miembros de otros cuerpos policiales, tanto nacionales como sobre todo extranjeros. Tenía mano izquierda, exigía, pero sabía que era preciso reconocer el mérito de los suyos. Su primera gran intervención tuvo lugar en 1990, formando parte del recordado despliegue policial que llegó a Galicia desde Madrid para llevar a cabo la operación Nécora. El primer gran golpe a las mafias del narcotráfico en España estaba en marcha. A sus 36 años, Eloy ya seguía los pasos de José Ramón Prado Bugallo, ‘Sito Miñanco’. A lo largo de los años siguientes le detendría hasta en tres ocasiones, la primera en 1993 y la última en 2018, poco antes de retirarse.

En 1995 se licenció en Derecho. Consideraba que el manejo de conocimientos jurídicos profundos sería fundamental para desarrollar de forma eficaz su trabajo, más aún si continuaba su especialización hacia la lucha contra el tráfico de drogas. Investigar un robo, un homicidio o un caso de malos tratos es relativamente sencillo. Hay, casi siempre, un autor conocido y una víctima. En el narcotráfico, sin embargo, el delito es invisible, incluso después de cometerse. Si no hay droga, no hay delito. Se persiguen sombras, rastros, dinero. Todo ello en clandestinidad, a base de horas y horas de esfuerzo y dedicación. En su etapa como jefe de sección, Eloy Quirós nunca dejó que los policías a su cargo que realizaban esas interminables vigilancias y seguimientos en puntos calientes se quedasen solos. Esperaba en su despacho hasta el final, apoyándoles hasta el último minuto. Analizaba las novedades de cada ‘troncha’, y era después de eso cuando se retiraba a descansar.

Quirós pasó a formar parte de la escala de mando de la Policía Nacional en 1993, cuando fue nombrado jefe de Grupo Operativo en la Comisaría General de Policía Judicial. Desempeñó esta responsabilidad hasta que en octubre de 1997 fue elegido para el cargo de jefe de Sección Operativa en la Comisaría General de Policía Judicial. Permaneció en ese puesto durante cinco años, durante los cuales formó parte del operativo más importante de la historia contra el tráfico de heroína, la operación Carro, y en incautación de cocaína que a día de hoy sigue siendo el récord en España, en la operación Temple. Dirigió la segunda gran caída de Sito Miñanco y toda su organización hispano-colombiana dedicada al transporte oceánico de cocaína (operación Grumete) e incluso se desplazó personalmente a Grecia, allá por el año 2000, para detener al segundo gran peso pesado del narcotráfico gallego del momento: Laureano Oubiña, acusado de introducir en España el mayor alijo de hachís de todos los tiempos.

En 2002, y en vista de que la cocaína se había convertido en un problema de primer orden en el Noroeste Peninsular, el alto mando decidió enviar a Eloy Quirós Álvarez a la comisaría de Pontevedra. Allí dirigió la Unidad de Drogas y Crimen Organizado y sentó las bases para la perfecta unión que existe hoy en día entre las Udyco desplazadas en todo el territorio con la Udyco Central y su gran punta de lanza, la Brigada Central de Estupefacientes. En esa época y con una buena conexión con jueces y fiscales, las autoridades incautaban 40.000 toneladas de polvo blanco sudamericano cada año en dirección a España. Los narcos cambiaron su modus operandi, cesaron en esa actitud ostentosa y chulesca, y se escondieron. Quirós tuvo mucha culpa de ello. También de que fuesen rechazados por la sociedad, algo que ocurre en Galicia pero que no sucede en Andalucía, donde a día de hoy las mafias del hachís están perfectamente arraigadas en muchos de los territorios.

En febrero de 2003 regresó a la Comisaría General de Policial Judicial. Sus logros en Galicia no habían pasado inadvertidos para el Alto Mando policial, que entendió que era la persona adecuada para liderar la Brigada Central de Estupefacientes. Tres años después, en mayo de 2006, pasó a la jefatura de la Unidad de Drogas y Crimen Organizado (Udyco), responsabilidad que ejerció hasta 2016, cuando fue nombrado Comisario General de Policía Judicial, el cargo de mayor responsabilidad al que puede aspirar un policía, dejando de lado los nombramientos políticos. En agosto de 2020 se despidió.

Quirós, al que algunos se atreven a llamar de forma cariñosa “el pequeño”, ha dejado tras de sí un legado de un valor incalculable. Siempre eligió a los mejores para trabajar a su lado, y marcó una línea de trabajo que sigue Antonio Duarte, su digno sucesor. “Eloy tenía arte. Tenía magia. Era capaz de solucionar cosas que parecían imposibles”. Opina otro de sus hombres de máxima confianza. “Sabía exigir, pero daba. Es por eso por lo que se ganó el respeto de todos en la Policía”. Y también al otro lado. En Colombia y en Galicia. Le temen, le respetan. Muchos creyeron respirar cuando se retiró, pero nada más lejos de la realidad. Siempre fue le más listo de la clase, y dejó su sucesión en manos de los mejores.

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