La descomunal demanda de drogas, no solo en España, sino en toda Europa. La creciente capacidad de las organizaciones criminales para multiplicarse gracias a sus ingentes beneficios. La crisis económica, endémica en ciertos puntos de Andalucía e incipiente a finales de 2022, que hace que cada vez más personas apuesten por negocios ilícitos como forma de vida. La infiltración de las mafias en la sociedad, en especial en las capas más bajas, pero también en ciertos sectores influyentes. La escasez de recursos de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, acentuada con el desmantelamiento de facto del Ocon Sur, arma de la Guardia Civil en Andalucía. Estas son solo algunas de las claves que conducen a una situación que transita hacia una suerte de dominio del territorio por parte de los sindicatos del crimen que operan en el Sur de España, despojando al Estado de su autoridad.

Los últimos ejemplos de esta situación se han visto en distintas acometidas en tierra por parte de narcotraficantes a policías y guardias civiles, unas veces recibidos a balazos, otras embestidos por vehículos cargados de hachís. En el mar, la situación no es mejor. Allí, las decenas de narcolanchas que cruzan el Estrecho de Gibraltar a diario hallan una oposición firme por parte de Vigilancia Aduanera, de la Guardia Civil y de la Policía, con medios escasos a todas luces. En el agua, además, se multiplican los enfrentamientos entre los propios narcos, con grupos dedicados a la piratería que protagonizan vuelcos en altamar, como relató en exclusiva Narcodiario hace escasas semanas en hechos ocurridos ante las costas de Huelva. En ciertos núcleos de población, además, son muchos los que abrazan al hachís, como se pudo comprobar semanas atrás cuando el helicóptero de Vigilancia Aduanera tuvo que hacer frente a una muchedumbre de vecinos en una playa que pretendían llevarse los fardos de droga de una lancha que había sido obligada a embarrancar.

Todo este panorama tiene, además, nuevos actores que se suman a una ecuación claramente favorable a las mafias. Grupos criminales procedentes de todos los lugares de Europa se asientan en Málaga, Cádiz y Huelva, principalmente. A ellos se unen las muy eficientes organizaciones gallegas, que, ante la buena actuación de las autoridades en las costas del Noroeste de España, se han desplazado al Estrecho conformando un negocio en el que tanto fabrican lanchas como transportan combustible y hachís, o incluso lo compran para su posterior traslado por tierra al Norte de España y hasta a otros lugares de Europa.

Este puzzle, además, tiene una última pieza que deja el tablero muy inclinado a favor de los narcos. Por una parte, la corrupción existente en Marruecos, donde las factorías de hachís escupen droga a una velocidad de vértigo para abastecer a un mercado cada vez más potente en Europa. Y por otra, la laxitud de autoridades en España, que, al amparo de un marco legal suave, por decirlo de alguna manera, acaban por dejar escapar de entre los dedos a los grandes capos. El ejemplo más claro es El Messi del hachís, uno de los traficantes más buscados de Europa que fue detenido, pero que los jueces dejaron en libertad a la espera de un juicio al que nunca pensaba comparecer.

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