Las drogas ya eran “el enemigo público número uno de Norteamérica” a comienzos de los años setenta. Fue así como las describió el entonces presidente de Estados Unidos, Richard Nixon. Más de medio siglo después el país vive de nuevo otra crisis con la droga. La protagonista esta vez es el fentanilo, un opiáceo sintético.

Las cifras de sobredosis son cada vez más alarmantes. El país superó el año pasado, por primera vez en su historia, las 100.000 muertes por sobredosis, casi 300 muertes diarias, y el incremento no cesa. En 2021 hubo un 15% más de muertes que el año anterior. Pero es que el año pasado el aumento ya había sido del 30%. Las intoxicaciones por drogas se han convertido ya en la principal causa de muerte de los estadounidenses de entre 18 y 45 años.

El consumo de opiáceos está cada vez más extendido. Unas sustancias que se encontraron el año pasado en el 80% de las muertes por sobredosis en Estados Unidos. El fentanilo es la principal responsable del aumento disparado de muertes por sobredosis en los últimos años. Fue autorizado como analgésico en los años sesenta, pero es una sustancia cien veces más potente que la morfina y cincuenta veces más potente que la heroína. El fentanilo es además relativamente fácil de producir y el que se consume en la calle está fabricado ilegalmente en laboratorios clandestinos que hacen variantes de la sustancia, algunas de ellas muy tóxicas y adictivas.

Solo en la ciudad de San Francisco las muertes por sobredosis superan a las que se registraron durante la pandemia de la COVID-19 y los expertos hablan de una pandemia de fentanilo. En Estados Unidos esta droga está entrando principalmente por México y es vendida sobre todo por los cárteles de Sinaloa y de Jalisco.

El fentanilo se halla en diferentes presentaciones, está en polvo, en pastilla o líquido para ser inyectado. Esta es la que resulta especialmente peligrosa porque va directamente a la sangre y una dosis muy pequeña puede ser mortal. Pero hay una última variante que preocupa mucho a las autoridades en Estados Unidos, que es el llamado fentanilo arcoíris, un método nuevo utilizado por los cárteles para que esta droga parezca un caramelo atractivo para los niños.

Para combatir este problema de salud pública Estados Unidos está proponiendo medidas de choque, por ejemplo, repartir gratis naloxona, que es una especie de antídoto muy eficaz contra la sobredosis. En la vecina Canadá, donde la emergencia de salud pública fue declarada hace ya seis años, la respuesta de las autoridades está siendo más agresiva. Hay ciudades como Vancouver donde, para combatir la adicción y las muertes por sobredosis, el fentanilo se está vendiendo en dispensarios y centros de inyección mediante un programa pagado por la sanidad pública.

Un fenómeno sociológico

Francisco Díaz es uno de los responsables de la estrategia federal que diseña Estados Unidos contra la pandemia de las drogas y el fentanilo. Jefe médico en el distrito de Columbia especializado en tratamiento de pacientes enganchados a los opioides, Díaz cree que la crisis de los opioides en Estados Unidos es de extrema gravedad que se ha ido complicando a lo largo de los años.

“Todo se origina con el uso y consumo de la heroína”, explica. Esos consumidores compran pensando que van a tener heroína, pero reciben una combinación de opiáceos. Ese supone el principal cambio de los últimos años. Antes los drogadictos consumían cocaína o heroína, mientras que ahora lo más común que encuentran en los exámenes toxicológicos postmortem son diez o más sustancias.

Algunos han empezado con pastillas recetadas por los médicos para combatir el dolor y han terminado buscando sustancias más potentes hasta convertirse en politoxicómanos. Muchos de ellos ni siquiera saben que lo son, dice el doctor. “Es un fenómeno que va más allá de lo médico o de lo epidemiológico, es un fenómeno sociológico”, tal vez mezclado con lo económico, señala, porque “esas personas en el medio oeste tienen esa percepción de que la vida tal vez no vale la pena”. Y apunta a una “desolación” de los jóvenes que “no ven un futuro cuando sus padres o abuelos tenían una mejor calidad de vida”.

Por eso, insiste, la sociedad americana debe preguntarse en qué fallamos para que tantas personas opten por consumir sustancias que van a matarlos en un gran porcentaje. “Es una pérdida para la sociedad y es una epidemia a la que lamentablemente la sociedad norteamericana se ha más o menos acostumbrado”, lamenta Díaz.

La incidencia de esta nueva oleada de drogadicción en Norteamérica es “horizontal”. Afecta a todas las edades y clases sociales. Para combatirla, Díaz propone un cambio en el sistema de prescripción y, sobre todo, “mucha educación” a la gente en que la solución a su dolor o sus problemas sociales no es el consumo de opiáceos.

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