Intentar aparentar ser alguien que no se es, aceptar hacer algo que en el fondo se sabe que no es lo correcto, opinar de una forma distinta en voz alta a la que realmente se piensa… todos nos hemos encontrado en alguna de estas situaciones para poder encajar en diferentes grupos e indirectamente hemos sucumbido a la presión social.

Nadie se escapa de este fenómeno. Todos en mayor o menor medida nos vemos afectados por la presión social, por la necesidad de encajar, de ser aceptados. Esto se debe, según Iria Pichín, neuropsicóloga lucense, a que “el ser humano es un ser social que busca conseguir sentido de pertenencia”.

Un ejemplo de la influencia de la presión social es el estudio psicológico de Soloman Asch. En este experimento se le mostraba tres líneas diferentes a varios sujetos y se les pedía que señalaran cuál era la más grande. Las líneas eran bastante diferentes entre sí, por lo que todos los sujetos tenían clara su respuesta. Sin embargo, con lo que no contaban los participantes era con que sus compañeros de estudio eran actores que responderían lo contrario a lo que dijeran ellos. “Al final del estudio, el 30% de la gente asumió lo que dijo el resto ,a pesar de que tenían claro en un principio cual era la línea larga”, revela la experta.

Aunque es fácil caer en la trampa de la presión social, hay ciertas personas que que son más propensas a sufrirla. Adolescentes, o en definitiva gente con poca autoestima o miedo al rechazo, suelen ser los primeros en sufrir las consecuencias de este fenómeno. Los resultados de la presión social suelen ser asumir conductas de riesgo como el consumo de drogas, fumar o beber sin control.

Para intentar alejarse de estos hábitos de conducta, Pichín establece varias pautas clave. La primera es ser consciente de que este fenómeno existe y de este modo confiar más en nuestros propios criterios. Una herramienta muy útil para conseguirlo es la asertividad. Una persona asertiva dice lo que piensa, teniendo en cuenta la opinión de los demás. “Es un nivel intermedio entre el estilo pasivo, decir a todo que sí, y el agresivo, responder de forma más rotunda sin mirar por el otro”.

La neuropsicóloga recalca la importancia de la actuación de psicólogos y orientadores de los institutos para reducir las consecuencias de la presión social, sobre todo en los adolescentes. Anima, además, a todos aquellos que lo precisen a pedir ayuda.

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