La polémica en relación con el cultivo, la posesión y la distribución de marihuana con fines recreativos sigue muy abierta en todo el mundo. Mientras algunos países (España es, por ahora, un ejemplo) apuestan por la protección de la salud pública mediante la prohibición a todos los niveles, otros (Holanda es la punta de lanza) llevan años apostando por políticas permisivas. Coincidencia o no, Países Bajos se ha convertido en centro neurálgico de la actividad de las grandes mafias del crimen organizado a nivel mundial, con asesinatos a periodistas en plena calle y amenazas a líderes políticos, al más puro estilo de México. El Estado de Nueva York ha pasado a ser el nuevo gran foco de atención tras el nuevo marco legal propuesto en marzo de 2021 que, entre otras cosas, permite la posesión en la calle de unos 85 gramos y el almacenamiento en el domicilio de más de un kilo y, por supuesto, su consumo, con las mismas condiciones que el también muy nocivo tabaco. Narcodiario visita estos días Manhattan para comprobar in situ el escenario, con una conclusión más que clara: ya no es El Bronx, es Times Square. Nueva York huele a marihuana. 

En los últimos días de este mes de septiembre, la publicidad por parte de quienes pretenden lucrarse con el nuevo negocio en ciernes es constante. La venta sin licencia no está permitida, por lo que muchas de las furgonetas que campaban a sus anchas meses atrás por las zonas más turísticas de Manhattan descansan en depósitos policiales. Solo con un permiso legal de residencia se puede vender, además del cumplimiento de los requisitos propios de otros negocios y el obligado pago de impuestos. Muchos emprendedores ya se han animado a instalar sus ‘tiendas’ de marihuana en locales comerciales de lo más céntrico, mientras otros esperan a legalizar su situación. Las políticas públicas animan, además, a la producción local, con la creación de una potente industria como telón de fondo alrededor de la planta y de la capital del mundo.

La legalización, sin embargo, no termina con el problema del contrabando ilegal. En absoluto. La necesidad de disponer de toda la documentación en regla y de rendir cuentas como cualquier otro negocio hace que muchos sigan apostando por la venta clandestina. La gran diferencia es que esa venta clandestina ahora no se produce en barrios marginales, sino que se da en pleno centro de la Gran Manzana, con el simple ‘ocultamiento’, que no es tal, de los miles de andamios que ‘decoran’ las principales calles, en ocasiones con pequeñas mesas portátiles en las que no solo se ofrecen derivados del cannabis, sino otras drogas, y las más de las veces simplemente con puestos compuestos por dos o tres personas que ofrecen sus dosis a los viandantes, la mayor parte de ellos turistas.

El camino a partir de ahora no puede ser más incierto. Lo único seguro es que la industria de la marihuana traerá más dinero para algunos, e ingresos en forma de impuestos para el Estado. Nueva York ya era refugio para criminales de toda clase y condición, por lo que esta legalización no debería notarse demasiado en ese sentido. En cuanto a la reducción del contrabando, Narcodiario es muy pesimista. En Europa, el tabaco es legal, y la producción clandestina sigue siendo descomunal. En Nueva York, que huele a marihuana por los cuatro costados, la percepción que existe es que la marihuana es parte del paisaje. El tráfico ilícito ha crecido, y mucho. Las consecuencias para la salud pública se conocerán a medio plazo.

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