Empieza a llover. Narcodiario se dirige a la parroquia de Pedre, en el corazón de la comarca. El objetivo, encontrar el primer gran campamento narco hallado en Galicia, a imagen y semejanza de los que inundan los montes catalanes y sin muchas diferencias con respecto a los que se reparten por selvas y zonas boscosas de Sudamérica desde hace décadas. A unos 20 kilómetros de la ciudad del Noroeste de España detenemos el coche. Las referencias nos indican que estamos muy cerca del lugar, a menos de un kilómetro, pero no existe vial alguno que conduzca allí.

Tomamos un ramal hacia Vichocuntín y detenemos el coche. No hay ruta posible hacia el objetivo, salvo emprender una escalada con pocas probabilidades de éxito. Decidimos dar la vuelta, consultar Google Maps y dar un rodeo en busca de algún sendero transitable. De vuelta a Pedre, cruzamos la carretera de Ourense por un angosto viaducto. Pensamos que el mejor camino es el que conduce a los restos de un campo de fútbol abandonado. La Guardia Civil, que desmanteló la actividad en el punto al que nos dirigimos la semana pasada, nos había advertido de la dificultad para acceder al enclave. El camino vecinal por el que transitábamos llega a su fin. Ha dejado de llover y decidimos dejar el coche y seguir a pie. Un cortafuegos con una gran pendiente ascendente es la senda que ofrece más garantías. Empezamos a subir y vemos unas marcas sobre la tierra que señalan el paso de un vehículo pesado. Los narcos deberían disponer de algún medio de transporte para recoger la producción, pues cultivan plantas de marihuana por miles en el lugar que buscamos. También pueden pertenecer a un gran todoterreno del Instituto Armado, necesario para la misma faena: llevarse el cannabis, aunque, en su caso, no para su venta, sino para su analítica forense y pesaje.

500 metros más arriba el cortafuegos se bifurca. Seguimos las huellas y empezamos a bajar. Los campamentos narco precisan estar cerca de fuentes naturales de agua para el correcto crecimiento de las plantas. En un momento dado, el cortafuegos se funde con el bosque. No podemos estar lejos, pensamos. La marihuana necesita sol, por lo que estamos en busca de un claro entre los árboles. Decidimos tomar un pequeño camino a mano izquierda y, tras unos 200 metros, vislumbramos un área más despejada. Pronto observamos presencia de materiales del todo inusuales que rompen la magia del bosque autóctono de Cerdedo-Cotobade. Hemos llegado.

No habíamos visto nada igual por estas latitudes. Sabíamos de plantaciones indoor, las más comunes tanto en Galicia como especialmente en otros puntos de España. También se había dado el caso de personas que cultivaban el cannabis en parcelas próximas a las viviendas durante los meses de verano. Sin embargo, nada parecido a esto en una zona que sí está muy acostumbrada a ser la puerta de entrada en Europa de los grandes cargamentos de cocaína. Un auténtico campamento con todo lo necesario para conseguir un rápido crecimiento de las plantas y, al mismo tiempo, para que entre dos y tres personas se alojasen allí. Son los cultivadores, que viven en el lugar en condiciones del todo insalubres por un sueldo pírrico a tenor del trabajo que desarrollan y, sobre todo, del riesgo que corren. Dos de estos cultivadores, de nacionalidad albanesa, fueron cazados in fraganti en sus dependencias. Desde entonces han cambiado su ‘casa’ de los montes de Pedre por las celdas del centro penitenciario de A Lama, la cárcel de referencia en Pontevedra.

El campamento se enclava en una ladera, cerca de un pequeño arroyo que desemboca en el curso alto del río Lérez. Conformado por dos parcelas separadas por una zona arbolada, dispone en su parte más elevada de una estructura semejante a una piscina. Los narcos han tenido que cavar profundo antes de colocar plásticos sujetos con grandes piedras y troncos. De ese modo construyeron un depósito de agua con capacidad para almacenar miles de litros. De él dependió en gran medida la subsistencia del campamento en las semanas más calurosas del verano. Conectadas al mismo, cientos de metros de mangueras con sistemas de riego por goteo perfectamente habilitados y repartidos por las dos áreas en las que, hasta la aparición de los agentes de la semana pasada, se erguían las plantas.

Para conseguir los mejores resultados y dado el alto grado de profesionalidad de la organización criminal dueña de la plantación, la temida Mafia Albanesa de la marihuana, los cultivadores-recolectores utilizaron cientos de litros de fertilizante líquido especial para este tipo de plantas. Las garrafas vacías siguen esparcidas por todo el terreno comunal en el que se levantaba el campamento narco. Junto a ello, para un perfecto crecimiento, muchas de las plantas estaban fijadas en sustrato específico, previamente abonado, y, a su vez, insertadas en barriles de PVC. Dado el gran tamaño que alcanzan, también precisan de maderas que las sostengan en vertical y las conduzcan hacia el cielo para recibir todos los beneficios de la luz solar.

En el segundo segmento del campamento se levantan las estructuras para las personas. Dos tiendas de campañas reforzadas con plásticos, varios colchones y una estructura de madera tipo pérgola daban cobijo a los responsables de la plantación, que vivían allí. Las mafias de la marihuana mantienen a sus peones apostados sobre el terreno las 24 horas. Uno de ellos pudo escapar de la redada, si bien la Guardia Civil consiguió identificarle al hallar su documentación en una de las tiendas. No se preocupaban de la limpieza. De hecho, el lugar, además de con ropa tendida en cuerdas y otros enseres personales, está repleto de restos de comida y botellas vacías. El mobiliario eran las rocas del terreno y las cajas de las cervezas ya consumidas. En las zonas que se dedicaban al cultivo quedaban decenas de plantas, algunas con el tallo doblado y otras cortadas, de las más de 3.000 que destruyeron los investigadores en el primer gran campamento narco de la Mafia Albanesa descubierto en toda Galicia.

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