En Aguililla, la gente del Naranjo de Chila sobrevive bajo la penumbra del castigo injusto. Su condena: ser la cuna de Rubén Nemesio Oseguera Cervantes, el Mencho, jefe del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) que no fue profeta en su propia tierra cuando volvió para ayudar a la comunidad que lo vio crecer. Ahora solo queda el silencio autoimpuesto, provocado por narcoguerras de su grupo criminal. Hace seis meses, más de mil militares fueron enviados a la Tierra Caliente para atemorizar con su presencia a los sicarios que asolaron al pueblo, quienes están escondidos en cerros cercanos. Aunque autoridades irrumpieron, la paz no se ve ni como una promesa lejana. Aún rondan tranquilos halcones del cártel que pasan frente a los uniformados conviviendo entre la calma artificial.

Los delincuentes pueden volver apenas adviertan que las fuerzas de seguridad se fueron. Eso es lo que todos temen que pase porque acusan que vivieron el abandono del gobierno en los últimos tres años. Tiroteos por horas, caminos bloqueados, casas quemadas, desplazamientos y decenas de asesinatos causaron que el Naranjo de Chila y San José de Chila se estén convirtiendo en pueblos fantasma.

Todavía quedan señales del combate con firma de las cuatro letras. Pero hay algo muy claro: los del CJNG no fueron los únicos responsables del caos. En Chila como en más fronteras criminales de Michoacán estuvieron remanentes de los Caballeros Templarios, el otro frente enemigo, quienes siguen abusando del cobro de impuestos ilegales a comerciantes y vendiendo droga a nivel local. No se extinguieron después de 2015, cuando arrestaron a su máximo líder, Servando Gómez Martínez, la Tuta. Células remanentes de este grupo criminal todavía vigilan lo que consideran sus feudos, así como una decena de facciones que abundan en la entidad.

En Aguililla prevalecen antimonumentos de la violencia (Foto: J.M. Mariscal/Infobae México)

La comunidad donde creció el Mencho se encuentra en una planicie al pie de la sierra y tiene poco más de 50 cuadras, una docena de calles. El pueblo se asentó a orillas del río Chileco, marcando el límite del municipio de Aguililla con Apatzingán. Algunos analistas consideran que es la frontera para ampliar dominios criminales, pero igual sirve de entrada a guaridas entre montañas, porque las colinas cercanas son el ascenso de la Sierra Madre del Sur. Ahí la economía legal se sustenta en ganadería, producción de jitomate, limón, agave y hace dos semanas se anunció que sería reactivada la minería. Dos décadas atrás, las intervenciones del narco prosperaron en las cordilleras con sembradíos de marihuana y en los últimos años fueron laboratorios clandestinos para sintetizar metanfetaminas.

Apatzingán es el municipio donde Felipe Calderón comenzó su Operativo Conjunto Michoacán, proyecto que desató la guerra contra el narco en el resto del país a finales de 2006. Ahora desde esa zona empieza un rincón sombrío que se expande por Aguililla, donde la oscuridad del narco cobija vacas flacas, limoneras secas, casas baleadas y traumas por la devastación del crimen organizado.

En un recorrido de Infobae México de junio pasado había algunas casas destruidas en las dos comunidades de Chila, otras fueron quemadas y solo quedan los restos*. Las propiedades comenzaron a vaciarse desde hace 20 años, pero la más reciente ola de abandono fue a inicios de 2019, cuando comenzó la batalla del CJNG contra los Templarios. La gente se fue para nunca regresar: o enfrentaron amenazas directas o no quisieron seguir en medio de la narcoguerra. Sus terrenos, trabajos y amistades quedaron en el pasado. Ahora cualquiera puede entrar a lo que sobra de lo que una vez fueron sus hogares.

Algunos monstruos del CJNG siguen arrumbados (Foto: J.M. Mariscal/Infobae México)

Quienes ya no tuvieron futuro en la región cruzaron a Estados Unidos. Unos pudieron alejarse a Morelia y Apatzingán, otros se estancaron en la frontera de Tijuana, Baja California, en medio de caravanas migratorias y la pandemia de COVID-19. Irse de la región no es nuevo. La gente de Aguililla ha sido pueblo migrante desde 1950 y conformaron su comunidad de michoacanos en Redwood City, al sur de la bahía de San Francisco, California. Pero en los últimos años salieron para escapar de la muerte. La cifra actual de exiliados por la violencia es desconocida. Solo se sabe que el éxodo del pueblo fue por la maldición del narco.

En medio del destierro, las comunidades de Aguililla se convirtieron en el limítrofe de Cárteles Unidos, facciones locales que olvidaron diferencias internas y se unieron para frenar el avance de los jaliscos. A pesar de que antes, algunas células tuvieron acuerdos con el CJNG, cabecillas regionales vieron que les serían arrebatados feudos que han explotado durante la última década. Entonces recurrieron a las artimañas más tormentosas, sin importarles consecuencias para el resto de la población.

La narcoguerra en Chila se desató el 19 de marzo de 2019. Ese día el CJNG se propuso arrebatar la cuna del Mencho a los Caballeros Templarios. Aquella vez, la balacera comenzó por la tarde y duró toda la noche. El cura Isaac Barajas Castañeda recuerda que afuera de la iglesia de San José de Chila estalló una mina terrestre que dejó un hoyo de más de un metro de diámetro. Ahora está tapado, pero todavía se nota en plena calle de terracería.

El saldo de la narcoguerra está a la vuelta de la esquina en Chila y otros pueblos de Aguililla (Foto: J.M. Mariscal/Infobae México)

Con el interés de los jaliscos se inauguraba otro capítulo de violencia en la comunidad, pues antes de los Templarios estuvieron los Blancos de Troya, surgidos como falsos autodefensas en 2015. Pero fueron expulsados o posiblemente llegaron a una tregua y ese episodio terminó con soldar puertas de casas que habían usado. Parecía que las batallas del narco en la frontera de Aguililla y Apatzingán no se prolongarían más allá.

Cuando comenzó la disputa hace tres años y medio, el párroco no estaba, había salido dos días antes. Sin embargo, el horror que encontró a su regreso le advirtió que pudo morir en la refriega del CJNG. Eso le dijeron los mismos sicarios, luego de ver las paredes y el techo de lámina del templo de San José Obrero perforados por la lluvia de fuego.

Hasta el altar llegó un proyectil de Barret Calibre 50, el arma de guerra con potencia para derribar un helicóptero. Debajo de un cuadro de la virgen de Guadalupe también quedó otro impacto. La pila bautismal tumbada, las ventanas quebradas, ropa y cajones revisados de un armario del cura y toda la sacristía en desastre, era un reflejo del infierno en Tierra Caliente. Los del CJNG buscaron hasta el último rincón a sus enemigos. Cientos de casquillos percutidos quedaron en los alrededores porque los Caballeros Templarios tomaron la iglesia como fortaleza. Ellos no querían defender la parroquia ni era una cruzada para mantener a resguardo Tierra Santa, solo aprovecharon la estructura del edificio para protegerse de rivales que poco a poco cruzaban los 20 metros del río Chileco.

Los Templarios se refugiaron en el templo, pero fueron expulsados por el CJNG en 2019 (Foto: J.M. Mariscal/Infobae México)

Los hábitos blancos que estaban colgados en un gancho fueron perforados por balas, también las cortinas verdes. Pero la mayoría de los ataques se dirigieron a la torre, donde las campanas tienen impactos destinados al sicario de los Templarios que se apostó desde lo alto, como en una atalaya militar. Hubo decenas de perforaciones cerca del reloj y entre los arcos. Pasó más de un mes para que las personas volvieran a acercarse a la capilla. Estaban aterrorizados y mejor decidieron rezar en casa. Las misas dejaron de celebrarse, por mucho dos o tres se juntaban a orar por alguna ayuda, mientras el gobierno apenas y se asomaba.

Según los pobladores, la narcoguerra del CJNG contra Caballeros Templarios estuvo marcada por la intermitente presencia de las fuerzas de seguridad. Llegaban a ir soldados o policías tras el reporte de balaceras, pero salían de la comunidad casi de inmediato y apenas duraban un día o dos vigilando. A veces pasaban semanas antes de que volvieran a patrullar, se quedaban un tiempo, se retiraban y nuevamente seguía la troniza. Esa era la endeble estrategia que llevó a un paulatino olvido de tres años. Las autoridades realizaban operativos cosméticos para justificar acciones disuasivas. Se sospechan complicidades corruptas con los bandos criminales, pero en todo caso, los estatales, el Ejército y la Guardia Nacional estaban enterados de lo que pasaba. Por eso, los acusan de contribuir a que el problema fuera creciendo, porque desde inicios de 2019, los habitantes de Chila dicen que los dejaron a su suerte.

Los jaliscos recuperaron la cuna del Mencho y se siguieron expandiendo más allá: la cabecera municipal de Aguililla, el Limoncito, el Aguaje, Dos Aguas, Buenavista y Coalcomán. Poco después, la población vio bloqueado su paso para Apatzingán, donde siempre se han surtido de bienes básicos. La irrupción del cártel de las cuatro letras impulsó a sus rivales a vigilar carreteras y frenar su abastecimiento, pero el resto de la gente terminó pagando el costo por disputas territoriales.

El padre Isaac Barajas lleva décadas en la región y pudo morir cuando se desató la narcoguerra en la iglesia donde da la misa (Foto: J.M. Mariscal/Infobae México)

Aún sitiados por la narcoguerra, siguieron intervenciones esporádicas de las fuerzas de seguridad. Durante ese tiempo, Caballeros Templarios, Blancos de Troya, Espartanos, Viagras, Cártel de Tepalcatepec y Nueva Familia Michoacana se juntaron como Cárteles Unidos. De esa manera, los 50 o 100 sicarios que cada facción pudo tener por separado podría hacer frente a una de las organizaciones más peligrosas y mejor armadas del planeta. Después, el concilio de células locales intensificó barricadas en el Terrero, División del Norte, Catalinas o Cenobio Moreno. Todas esas comunidades quedan a lo largo de la carretera directa que une Apatzingán con poblados de Aguililla. Así fue como interrumpieron el libre tránsito, controlando la circulación en sus dominios.

Cuando los rivales del CJNG decían que no había paso, no había paso. Una vez un señor de Chila fue hacia Apatzingán y tuvo que rodear hasta Coalcomán en una odisea por terracería que duró ocho horas, cuando el trayecto normal por carretera es de unos 90 minutos. A lo largo de los meses la gente vio que eso era su nuevo sufrimiento, pero les sorprendió que el mismo Ejército se sometiera a dar la vuelta entre montañas. Las Fuerzas Armadas pudieron imponerse desde entonces y prefirieron renunciar a cualquier confrontación. Solo se defendían si llegaban a atacarlos. La guerra ya estaba declarada y los soldados estaban expectantes, como si aún no les llegara la orden para hacer un poco más.

Si los militares debían rodear la sierra, no había muchas esperanzas para la señora de una tienda que también fue desplazada como los demás en San José de Chila. Su casa está pintada con las letras del CJNG y la fachada tiene impactos de la balacera contra los Templarios.

Además de acordar uniones regionales, los de Cárteles Unidos recurrieron a explotar su base social. Así se llama a civiles obligados o disfrazados que participaban en retenes y manifestaciones, al tiempo que exigían a los militares que fueran contra el cártel del Mencho porque el asedio era inminente. Fue entonces cuando se blindaron con el escudo humano de mujeres, niños y ancianos para reclamar la protección del gobierno. Pero en el fondo querían ser beneficiados con detener el avance del CJNG. Que les hicieran el trabajo sucio.

Yo no sé por qué dicen que aquí había problemas”, reta un habitante del Naranjo de Chila.

No es que no haya sufrido o quiera mentir. Para él, los padecimientos se agudizaron por la estrategia de Cárteles Unidos, quienes bloquearon salidas o entradas hacia Apatzingán. Pero la prensa, acusa, tomó como suyo el cuento de células locales. Otra persona en un poblado cercano contó cómo su propio vecino les advirtió que sufrirían al quedar en medio de la disputa.

Se van a morir de hambre, hijos de su puta madre”, fue el ultimátum luego de revisarlos en un retén, donde las facciones michoacanas cobraban cuotas por pasar mercancía o despensa, hasta despojar a la gente de lo que habían comprado.

Las escenas del crimen no han sido procesadas por autoridades ministeriales (Foto: J.M. Mariscal/Infobae México)

El sitio de Aguililla era como un castigo por vivir en la tierra donde mandaba el CJNG y, en automático, sus rivales acusaron a la gente de favorecerlos. El poblador de Chila piensa que la bandera que legitimó a Cárteles Unidos fue presentar a sus grupos como hombres y mujeres con playeras blancas que se levantaron en armas ante un rival poderoso. Pero ellos lucraron con las desgracias para venderse como víctimas.

Y muchos les creyeron, porque la historia entre inocentes vulnerables contra un cártel sanguinario es difícil asumirlo como falso. Además, la carta de presentación del CJNG tampoco los respaldaba como héroes salvadores. En octubre de 2019 emboscaron y mataron a balazos a 13 policías estatales en el Aguaje. Una señora de la región dijo que solo les quedaba reírse en forma irónica de cómo los noticieros contaron la situación, porque su realidad no les mostraba mayores distinciones entre sicarios divididos desde el Puente de fierro, cerca del Terrero.

Al final solo quedaban en el fuego cruzado de ambos bandos. Si no apoyas la causa, eres enemigo con bajo perfil. O estás conmigo o estás en contra mía, esa era la estrategia principal para hacer una limpia y expulsar a los sospechosos. Quienes tenían familiares lejos de ahí, eran persuadidos de abandonar de inmediato. Desde fuera no se veía la necesidad de soportar el asedio. Unos siguieron esa oportunidad, pero otros ni siquiera la tuvieron y resistieron porque nada de eso era su culpa.

Los halcones aún rondan en el Naranjo y San José de Chila (Foto: J.M. Mariscal/Infobae México)

La gente ha justificado que quienes salieron de la región fue porque tenían nexos familiares o de operaciones contrarias al grupo que irrumpe. Así se ha establecido desde hace décadas en la zona. No es casual que en su momento, los familiares del Mencho tuvieron que abandonar sus casas ante posibles venganzas de rivales. Nadie de su descendencia queda en el Naranjo de Chila. Pero entre las personas que se marcharon por su implicación en facciones locales o parentescos con criminales, también están quienes no quisieron soportar disputas nuevamente, sufriendo por carreteras destrozadas o enfrentamientos cada tarde.

Isaac Barajas, el padre de San José de Chila, calcula que a raíz de la última narcoguerra de 2019 se fueron al menos 10 familias en esa comunidad. Estima que solo quedan 70 personas ahora y 25 asisten a misa los domingos. Ese desplazamiento no se ha registrado con tal intensidad del otro lado del río, en el Naranjo de Chila que es la cuna del Mencho. Aunque ahí también sufrieron por bloqueos y hay letreros metálicos agujereados de balas, donde se anunciaban el arribo de la Cruzada Nacional contra el Hambre y el programa Prospera del gobierno de Enrique Peña Nieto.

Al menos 196 personas salieron de Aguililla por la inseguridad, según el censo del Inegi de 2020. Gilberto Vergara, el cura de la cabecera municipal, escribió hasta 300 cartas para familias desplazadas solo el año pasado. Luego dejó de contar, pero las solicitudes de un documento que avalara la crisis no dejaron de llegarle.

La gente no confía en los soldados porque acusan que antes los dejaron a su suerte (Foto: J.M. Mariscal/Infobae México)

Conocidos, amistades, familiares, parejas, compañeros de clases los mataron o se fueron del pueblo. Huyeron por miedo y otros dejaron abandonados a sus animales domésticos que perecieron por falta de alimento. Los quedados de Chila tuvieron que acostumbrarse al largo viaje hasta Coalcomán. Para entonces ya no transitaban camiones repartidores de frituras, refrescos o prestadores de servicios como la luz y el gas. Las balaceras eran diario. Hasta los perros sin dueño fueron considerados rivales. Entre bromas, dicen que los del CJNG traían a un canino con ellos, aunque sabían que antes era Templario se le permitió reconvertirse y alinearse a los nuevos jefes.

La narcoguerra siguió en 2020, 2021 y principios de 2022 en la Tierra Caliente. Decenas de casas fueron baleadas, los campos de cultivo quedaron abandonados y las huertas de limón se secaron. Hubo más bloqueos, amenazas, enfrentamientos y desplazados. Además de cortes a la circulación, también se afectaron redes eléctricas y de telefonía con daños a cables o antenas, sin que la reparación fuera inmediata. Duraban dos, tres días y hasta una semana sin el servicio. Estaban desquiciados. Los viajes largos para comprar en Coalcomán aumentaron el costo del frijol, huevo, tortilla y gasolina, y más productos esenciales. Si alguien necesitaba salir por urgencia médica o laboral, inevitablemente se encontraba los narcoretenes que les cerraban el paso. La gente de Aguililla estaba secuestrada y su único escape era montañas adentro, rumbo a la costa de Michoacán, incluso en límites de Colima.

El párroco Gilberto Vergara calificó esa situación como una nueva modalidad del mal desde Aguililla. Alguien que puede hablar del infierno y los suplicios del purgatorio, fue testigo de los sufrimientos cotidianos y toda la angustia del plano terrenal renovada por la narcoguerra. Ya no solo eran asesinados, secuestrados, desaparecidos o extorsionados. La disputa criminal llegó al costo de la comida hasta quedarse sin luz, sin atención médica, sin clases o sin trabajo.

Las casas lucen abandonadas, como un pueblo fantasma (Foto: J.M. Mariscal/Infobae México)

Pero la batalla de los cárteles también quedó indeleble en las cicatrices emocionales de quienes vieron pedazos de restos humanos caer cerca de su patio. Aunque pudieron refugiarse durante horas de la madrugada mientras el enfrentamiento estaba afuera, no les quedaba sino escapar apenas terminara la balacera; sin importar si a su paso debían esquivar charcos de sangre o la cabellera de un hombre arrancada por un explosivo. En el Aguaje un médico ya le dijo a algunos habitantes que tienen heridas psicológicas por las escenas y el calvario que han vivido. Hasta el momento no saben cómo sanarlas y tampoco existen planes desde el gobierno para ayudarlos. Ahora las pesadillas pueden ser recurrentes.

En el Naranjo de Chila, el único interés puede ser ganarse la vida como campesinos, pero la batalla también los ha influido a tomar partido. Al fin y al cabo, las decisiones aquí no son entre malos y peores, sino por sobrevivencia. Solo buscan que sus padecimientos ya no sean iguales a lo que vivieron con unos, ante la llegada de otros. No se trata de que atesoren ser gobernados por cárteles, pero los militares sí han preguntado qué grupo es más preferible para la población, si los del CJNG o sus rivales. Unos explican que solo les queda obedecer, porque están indefensos frente a las metralletas. Si los delincuentes quieren, solo deben jalar el gatillo. Por eso pudieron movilizar a la gente por las buenas o por las malas, al considerarlos su base social. Al punto de secuestrar a una localidad, con el apoyo de otras.

Los habitantes son invadidos por el miedo de mencionar nombres o grupos criminales. Otra prueba de que el pez por su propia boca puede morir. No quieren equivocarse y decir de más, hablar de algo que pueda traerles represalias. Mejor callan o buscan darle la vuelta. No es que no sepan, sino que se protegen con la autocensura.

Los pobladores dicen que son estigmatizados por vivir en Chila (Foto: J.M. Mariscal/Infobae México)

“Solo Dios sabe a qué se dedican o por qué hace lo que hace cada quien”, es una respuesta para deslindarse de juzgar o para evitar compartir algo que padecieron, prefieren guardarlo por su seguridad.

Con ello asumen que un ser poderoso determina las circunstancias que llevaron a alguien a trabajar en la maña. Al mismo tiempo se refugian con una creencia en común, pues los sicarios también pueden respetar la fe religiosa y cualquier referencia a ello los iguala con cualquiera que se dedique a otra cosa. Sin embargo, nadie puede ocultar que en Chila el terror acecha en cada esquina, que la violencia es como un ave de rapiña merodeando desde el cielo, buscando la primera oportunidad de clavar sus garras en el próximo cadáver. Ese cuerpo moribundo es la cuna del Mencho.

Durante una tarde no se escuchan canciones de algún estéreo o bullicios de niños en el Naranjo de Chila. Todo parece en calma, con soldados vigilando y otros encerrados, descansando. Pero cerca del centro el temor del CJNG surca el ambiente y cruza a bordo de una moto. Es un halcón que vive ahí. Se enroló con la maña y cuando lo requieren deja algo de comida en el cerro, donde los sicarios están escondidos. Policías lo ven, pero son indiferentes. Si no saben de quién se trata, tal vez sean los únicos, porque cualquier habitante puede ubicarlo.

La firma de las cuatro letras es un recuerdo de la narcoguerra (Foto: J.M. Mariscal/Infobae México)

Pueden encontrarse militares que están en los corredores entre plantas y los perros se acercan a quienes sostienen sus fusiles. La gente saluda y mira con curiosidad a quien visite, porque no hay nada turístico que atraiga el interés para viajar a esa tierra peligrosa. Algunas familias pasan las horas descansando en los pasillos o patios. Otros jóvenes juegan basquetbol en la cancha techada del centro que está pegada al kiosco, rodeada de jardineras.

Casi enfrente hay una bodega que fue usada para resguardar a los monstruos del CJNG, esos vehículos con blindaje artesanal modificados para simular unidades militares de combate y reforzados con placas de acero en toda la carrocería. Los jaliscos ordenaron pintarlos con camuflaje verde olivo y su escudo de las Fuerzas Especiales Mencho, mientras Cárteles Unidos usaron una paloma blanca de insignia sobre el fondo negro. En el Aguaje, el Ejército se deshizo de un par de estos autos y les prendió fuego en un basurero, sin procesarlos con autoridades ministeriales. Solo los dejaron entre el desperdicio, pero el cascarón metálico sigue intacto.

Hace siete años una camioneta anunciaba por las calles que habría una función de circo. A medio año de la llegada de militares, todavía no pueden entrar camiones repartidores o pequeños empresarios que puedan fomentar la reactivación económica. Si se necesita algún documento, el padre Isaac Barajas debe viajar hasta Apatzingán para llevarlo o traerlo. El gobierno federal asegura que se restableció el Estado de derecho y hay libre tránsito luego de mucho tiempo, pero los comerciantes saben que no tienen garantías. Por eso no envían a sus empleados.

En las barricadas definían si alguien era enemigo y si permitían el paso (Foto: J.M. Mariscal/Infobae México)

Los agentes federales que ahora están acuartelados en Chila, el Aguaje y Aguililla, pudieron intervenir desde 2019 con ametralladoras, vehículos blindados DN-XI, helicópteros y decenas de tropas. No tenían mayores impedimentos para ingresar cuando se desataron las balaceras por su poder de fuego y capacidad de recursos. Pero las autoridades tardaron casi 40 meses antes de decidirse a mantener custodia permanente en la tierra que vio nacer al jefe del CJNG.

La gente se pregunta ¿qué cambió? y nadie les ha explicado por qué el gobierno esperó tanto tiempo ¿Por qué decidieron abandonarlos a la buena de Dios, si pudieron rescatarlos en los momentos más complicados? Al principio, las autoridades federales y estatales se culparon entre sí por quién debía atenderlos. Parecía que lo importante eran diferencias políticas, más allá del calvario por la narcoguerra.

Desde febrero de 2022 que llegaron decenas de soldados y el mismo CJNG anunció su repliegue, los pobladores de Chila saben que no es suficiente. No confían ni en soldados ni en la policía. Los militares tienen ametralladoras listas entre barricadas de costales, pero su presencia no basta para terminar el asedio del ave de rapiña. Tras su llegada ocuparon sin permiso domicilios que nadie reclamará, porque quienes vivían ahí ya no volverán. O están muertos o muy lejos, sin ganas de recuperar lo que les pertenece.

Cárteles Unidos usó una paloma blanca para simular su narcoguerra como autodefensas (Foto: J.M. Mariscal/Infobae México)

Una señora del Naranjo de Chila se quejó del caos que hicieron en una casa, donde los soldados entraron a la fuerza y desordenaron muebles hace cinco meses. Ella fue con el mando castrense de Aguililla, le llevó fotos y pidió que atendieran su caso. Pero el comandante del Ejército sólo rechazó que su personal hubiese intervenido de esa manera. No creyó en la denuncia ni comprobó nada, únicamente defendió a su gremio. Así se estableció una referencia para los demás. Qué caso tendría reclamar algo, si deberían estar agradecidos que por fin se apiadaron para resguardarlos. Aunque en el Limoncito, un profesor de la primaria puso un letrero en la puerta del salón con la leyenda: prohibida la entrada a los militares. Con ello se manifestó por la invasión prepotente.

Antes de las votaciones del año pasado, el presidente Andrés Manuel López Obrador prometió acudir al municipio de Aguililla que ya conocía, donde dijo que una vez durmió. Pero se arrepintió justificando con que sería acusado de influir en las campañas. Entonces pospuso su visita después de los comicios. En Michoacán ganó su partido por un margen muy cerrado, sin embargo, eso quedaba atrás, porque ahora podía viajar a la cuna del Mencho para atender el problema a ras de suelo y de manera directa. Pasaron los días y después usó uno de sus pretextos preferidos: que el caso sería politizado y mediatizado por sus opositores conservadores. Entonces ordenó a la Secretaría de Seguridad federal que implementara un plan de rescate con programas sociales. Para esa fecha el éxodo estaba en su apogeo, el CJNG arreciaba su expansión y el gobernador Silvano Aureoles había empujado a un profesor que se manifestó con pancartas en el centro de Aguililla, exigiendo garantías de seguridad.

El equipo interinstitucional del gobierno no hizo mucho al inicio. Por fin actuarían para acercarse a Chila, después de 30 meses. La atención se opacó por la temporada electoral y luego de ella. El Plan de Apoyo Michoacán fue lanzado desde Morelia hasta que el morenista Alfredo Ramírez Bedolla asumió en octubre de 2021. El presidente estuvo en la capital, donde Luis Cresencio Sandoval, titular de la Secretaría de la Defensa Nacional, dijo que estaba interrumpida la coordinación entre el gobierno del perredista Aureoles con diversas autoridades municipales. El general presumió carreteras libres en Tierra Caliente y el repliegue del CJNG, una semana después de que ellos mismos anunciaron su salida de manera voluntaria. Por fin se vieron atenciones, como si solo estuvieran esperando a que gobernara Morena en el estado.

Casas baleadas se ven por todas partes en la cuna del Mencho (Foto: J.M. Mariscal/Infobae México)

Se compadecieron de nosotros”, celebró el cura Isaac Barajas. Pero durante el tiempo de enfrentamientos parecía que las autoridades habían calculado el riesgo para replegarse.

Mientras creció la gravedad de los problemas, se asomaban muy poco. Ya cuando la calma se había establecido acudían a ver qué sobró. El día del recorrido de Infobae México había menos de 50 soldados en el Naranjo de Chila, a diferencia de los 1,300 agentes que llegaron demostrando el estado de fuerza en febrero de pasado. Las mismas casas abandonadas que los soldados van ocupando como cuarteles improvisados son vestigios de la violencia permitida.

El día que se vaya el Ejército, ese día van a regresar”, asegura un habitante que ve repetir plazos fallidos de las políticas de seguridad, sin resolver un problema que lleva décadas, como si fuera imposible.

Están ahí, pero nada más están, no los están buscando”, reclama otro vecino. Para ellos es una falsedad que el gobierno haya tomado el control, porque los criminales siguen en el mismo pueblo donde viven. Los militares llegan a realizar recorridos de rutina y no tardan demasiado en acuartelarse.

Los huertos de limón fueron abandonados (Foto: J.M. Mariscal/Infobae México)

En mayo pasado un helicóptero disparó contra un supuesto narcocampamento y abatió a tres sicarios del CJNG escondidos en el cerro. La cifra no es oficial, porque no se recuperaron los cuerpos. Algunos aseguran que pudieron ser muchísimos más, como en un exterminio.

Las personas pueden dedicarse al pan, vender abarrotes, trabajar en los huertos de limón o como peones de la ganadería. Pero si dicen que son de Chila, de inmediato cae sobre ellos la funesta herencia de haber nacido en el mismo lugar que el Mencho. Entonces pueden vincularlos al narco. Si unos los compadecen, otros los rechazan. Aunque no edificaron estatuas que remarquen el estigma, antes de llegar a la comunidad hay una tumba blanca en medio de la nada con seis cruces. Esa gente también fue asesinada en la carretera por disputas criminales y su mausoleo quedó como otro antimonumento de la violencia en la frontera de Aguililla. Al final de cuentas, las destrucciones de la narcoguerra no se borran.

Otro poblador del Naranjo de Chila lamenta que los adultos hayan callado por la inseguridad. Quizá los menores piensen que ver sicarios o enfrentamientos criminales no sea algo que debiera condenarse. Pero los mayores tampoco pueden alzar la voz y denunciar por temor a venganzas. El ejemplo que podrían dar está calculado: prefieren permanecer junto a los suyos, antes que abandonarlos de repente por incomodar a los sicarios. Saben que en un pueblo todo el mundo se conoce y todo se sabe. Mejor no decir nada y que la vida siga, esperando a que la estrategia criminal no los alcance de manera definitiva.

Algunos niños ven modelos a seguir en pistoleros del CJNG que se pasean armados en vehículos lujosos, pero también están aquellos que esperan que a sus hijos les siga gustando más el fútbol. En otra época tuvieron ejemplos en estereotipos de la televisión, luego fueron aspiraciones por regresar de Estados Unidos con el fruto cosechado: camionetas, casas y dinero. Sin embargo, es innegable que las nuevas generaciones ven futuros en la delincuencia, donde quizá anden sus primos, tíos o parejas. Ahora tienen una referencia poderosa en el Mencho. Si se ven obligados, pueden servirle al grupo criminal que dirige. Es posible que ser del mismo pueblo fortalezca vínculos de confianza. Ya sea por iniciativa o coacción, no pueden decir que ignoran el riesgo, porque lo han sufrido.

Pero en el Naranjo de Chila aún hay quienes no están convencidos de que el futuro está reducido a involucrarse en el crimen organizado. Saben que pueden resistir como lo han hecho antes. Si no lo remarcan con protestas enérgicas, ponen el ejemplo ganándose la vida con lo que hay más allá de agarrarse a balazos en nombre de un cártel. Ellos son quienes piden no ser olvidados.

Para los forasteros, la explicación más fácil es que el episodio de inseguridad derivó de un capricho nostálgico. Aquel deseo de un jefe criminal por proteger de enemigos la tierra en que creció. Sin embargo, conseguir ese objetivo fue contraproducente para el pueblo. Unos suponen que el líder del CJNG tuvo buenas intenciones para sus vecinos y los pistoleros a su mando se impusieron para lograrlo, quizá algunos aún no hayan renunciado al propósito, a pesar de la llegada del Ejército. La semana pasada, soldados y guardias nacionales incendiaron restos de otro punto de vigilancia en el Naranjo de Chila, donde encontraron ropa táctica, dos pares de botas, un explosivo y una batería de coche conectada a un panel solar. Los sicarios siguen ahí, escondidos.

El puente de fierro marca la frontera criminal en Tierra Caliente (Foto: J.M. Mariscal/Infobae México)

Que no se mencione al Mencho en el Naranjo de Chila, no significa que esté olvidado, sino por el contrario, estar al tanto de quién se trata hace que los pobladores opten por el silencio. Algunos aseguran que la visita a su pueblo fue el año pasado. Pero esas posibilidades son tan abiertas como letras de narco corridos que lo nombran señor de la montaña: resguardándose en cualquier refugio imaginable. Su marca está en los muros llenos de disparos y en los casquillos que aparecen a la vista, ya como parte del paisaje fúnebre.

Mientras queden algunas brasas, todo puede arder nuevamente, porque el objetivo principal todavía es vengarse de Juan José Álvarez Farías, el Abuelo, acusado por el CJNG de ser el cacique narco de Tepalcatepec que lidera a Cárteles Unidos y quien es responsabilizado por usar la bandera de autodefensas para que la Sedena, policías y Guardia Nacional trabajen con la base social. Hasta la fecha él y sus aliados ganaron con apoyo de las autoridades, pues se entiende que les quitaron de encima a quienes estaban a punto de cercarlos.

Por ahora, la fuerza del Mencho no solo está en Aguililla. Los muertos, la sangre y las balaceras, también son recuerdos de su presencia amenazante en 28 estados del país. Aunque su paradero es incierto, él sigue presente en una leyenda negra a 8.7 kilómetros del Naranjo de Chila, en el Naranjo Viejo, donde dicen que realmente nació.

Por admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.